En Chile, la situación de los migrantes venezolanos se ha vuelto cada vez más crítica, a medida que se hace evidente la magnitud de la crisis humanitaria que ha llevado a más de 800.000 venezolanos a buscar refugio en el país. Estos individuos, forzados a abandonar sus hogares debido a la represión violenta del régimen de Nicolás Maduro, se ven obligados a trabajar arduamente para apoyar a sus familias, muchas de las cuales permanecen atrapadas en la devastadora situación en Venezuela. A pesar de su sacrificio y determinación, el clima de hostilidad hacia ellos ha estado en aumento, exacerbado por narrativas xenófobas que los retratan erróneamente como criminales y responsables de problemas sociales.
Las recientes acusaciones de la ONU sobre crímenes de lesa humanidad cometidos por el régimen venezolano han hecho eco en la comunidad internacional, mientras que el desgobierno y la corrupción continúan provocando el éxodo sin precedentes de ciudadanos venezolanos. En un informe extenso, la misión de investigación de las Naciones Unidas ha documentado atrocidades como asesinatos, torturas y desapariciones forzadas, dejando al descubierto la desesperante realidad que viven aquellos que no han podido escapar. Este contexto de violencia y violación de derechos ha obligado a muchos a separarse de sus seres queridos, un sacrificio desgarrador que resuena en la vida de cada migrante.
En medio de la polarización política que enfrenta Chile con las próximas elecciones presidenciales, el tema de la delincuencia se ha convertido en un eje central de la campaña. Sin embargo, esta narrativa ha contribuido a la estigmatización de los migrantes venezolanos, algunos de los cuales son víctimas de actos violentos y discriminatorios. La creciente percepción de que los extranjeros, especialmente los venezolanos, son responsables de la criminalidad ha alimentado un clima de miedo y xenofobia que se manifiesta en la sociedad chilena, convirtiendo a estos trabajadores esforzados en chivos expiatorios de problemas mucho más complejos que requieren un análisis más profundo y una discusión abierta.
La detención de chilenos involucrados en bandas criminales en Estados Unidos ha resaltado la ironía de la narrativa que criminaliza a los migrantes. Aunque algunos críticos del programa de exención de visa (VWP) han señalado problemas asociados con la migración, es fundamental no generalizar ni asociar la nacionalidad con la delincuencia. Este tipo de argumentos simplistas ignoran las contribuciones valiosas que muchos migrantes hacen a la economía y la sociedad chilena. La existencia de bandas del crimen organizado, como «El Tren de Aragua», que operan en Sudamérica, presenta un fenómeno que requiere una respuesta centrada en la política de seguridad pública en lugar de estigmatizar a todos los migrantes.
Los actos de violencia y racismo contra los venezolanos en Chile son un reflejo de una sociedad que lucha con sus conceptos de identidad y pertenencia. La hostilidad ha escalado a tal punto que muchos han sufrido agresiones físicas y verbales, simplemente por ser extranjeros. Voces expertas en derechos humanos instan a que el Estado implemente una política migratoria que promueva la inclusión y la cohesión social en lugar de perpetuar el odio. A medida que el mundo se globaliza, es esencial que se fomente un ambiente de respeto y aceptación hacia todos, independientemente de su nacionalidad, y que se aborde el odio de forma contundente y con claridad, para evitar que actitudes discriminatorias se afirmen en la sociedad.

